
Quizás habría que comenzar
diciendo que, en el vigente PGOU, este inmueble
aparece catalogado en la ficha correspondiente (nº
B-90) con un nivel de protección “GLOBAL”.
Responde a la tipología de “casa señorial”
(prácticamente la única que queda en la calle San
Jorge) con fachada de tipo “tradicional
popular”. El nivel de protección prescrito por
el PGOU indica que los elementos a conservar son
los “espacios de acceso, el patio principal y los
elementos de articulación espacial del edificio,
así como las fachadas y crujías asociadas a las
mismas”. Lo más destacable, no obstante, quizá
sea la “afección singular” que dicha casa
presenta con el Monumento catalogado con el nº
A-19, que no es otro que la iglesia y convento de
Regina Celi, declarado Bien de Interés Cultural.
Cualquier obra que se proyecte sobre esta casa
deberá tener en cuenta este “Entorno BIC”.
Nuestra intención pues, no es otra, que rescatar
la memoria olvidada de un edificio a través del
cual se puede recorrer prácticamente la historia
de la ciudad. Y ya que su situación actual es
lamentable, no estaría de más que el Ayuntamiento
exigiera a sus propietarios actuales o futuros de
exquisita rehabilitación, en respeto y
concordancia con sus propias leyes y normativas
urbanísticas. La memoria del asesinado gobernador
Velarde y la de sus muchos y celebres moradores así
lo exigen.
En la documentación municipal
aparecen datos sobre la casa desde 1548, cuando
Diego de Castro reconoció un censo perpetuo sobre
ella, en beneficio del convento de San Jerónimo.
Algunos años después, en 1561, las hermanas
Isabel y Leonor Beedor (o Behedosa) hipotecaron
esta casa situada “en la Rivera de esta ciudad”
a través de una operación que hicieron con Pedro
de Tarifa y que tenía como beneficiario el
convento de monjas de Regina. Pedro de Tarifa y su
mujer, Elvira de Consistorio, se convirtieron después
en propietarios del inmueble y, y al ser repartida
su herencia, la casa le toco a Pedro del Castillo
en 1586 con la condición de abonar cinco ducados
de renta “a los pobres (del Hospital de la
Misericordia”, que administraban los hermanos de
San Juan de Dios. Posteriormente, en 1597, Isabel
de Guisas, que instituyó un Patronato administrado
por el regidor Pedro de Flores, había hipotecado
esta finca para pagar determinados tributos al
convento de Regina. Uno de ellos serán
correspondientes a las “nueve misas de
aguilando” que se debían rezar en la iglesia de
dicho convento por el alma de la fundadora. Se
instituyeron sobre la casa igualmente, diferentes
memorias de misas cuyos beneficiarios serían el
Santuario de la Caridad y el convento de San
Francisco.
Después aparece como
propietario Alonso Núñez, que
traspasa la casa a Fernando García Mateos y
Constaza de Castilla en 1660. Hasta 1689 el
inmueble pertenece a Tomás de la Peña y en 1707
estaba en arrendamiento. En este año los débitos
de la casa con sus acreedores el convento de San
Juan de Dios, San Jerónimo, Regina y el Santuario
de la Caridad – ascendía a 44.846 maravedíes.
Desde este año, la vida de la casa se complicará
enormemente, pues a estas insoportables deudas que
gravarán a sus propietarios, se unirá la triste
circunstancia – de gran importancia histórica
para nuestra ciudad – de haber sido el escenario
del cruento disparo que el agustino fray Alonso Díaz
realizó el 8 de julio de 1714 sobre el gobernador
Jacinto Alonso Velarde, que murió en la misma
casa, a consecuencia del tiro, una semana más
tarde.
A esta casa se había mudado
pocos años antes el infortunado Velarde cuando el
duque de Medina Sidonia le obligó a desalojar el
Palacio Ducal en el que vivía. Tras la muerte de
Velarde la casa quedaría cerrada hasta que, en
1715, salió a publica subasta y la adquirió Juan
Caballero de la Cueva. Un misterioso personaje que
aparece también como testigo en la causa criminal
contra fray Alonso Díaz (todo ello puede
comprobarse largamente en el libro Proceso criminal
contra fray Alonso Díaz, publicado por la
Universidad de Sevilla en 2000, y del que soy autor
junto con María Regla Prieto).
Las deudas que pesaban sobre
la casa se hicieron insoportables y el pleito
ejecutivo que los conventos tenían abierto contra
la finca, duró más de diez años. Mientras, la
casa había pertenecido también el capitán
Francisco Ramos de Harana y también sirvió de
morada a Domingo Aldunsi, un capitán que había
pujado por ella, pero que no pagó a sus acreedores
y todos se querellaron contra él hasta hacerle
desalojar la casa por la fuerza, cumpliendo la
sentencia de desahucio que los jueces reales habían
pronunciado.
Finalmente, en 1735, las casas
“se remataron” en don Juan Gutiérrez de
Henestrosa, perteneciente a una influyente familia
sanluqueña, que ya tenía otros inmuebles en la
misma calle.
Todo ello adobado con una gran
cantidad de discusiones y polémicas, que generaron
un grueso y dilatado pleito, pues hubo que tasar la
casa en más de cuatro ocasiones y por diferentes
maestros de obras y de carpintería. Como dato
curioso, ofreceremos una de esas tasaciones: el 12
de junio de 1734 se
valoró en 40.125 reales (22.865 en lo
tocante a la albañilería y 17.260 por el valor de
su carpintería).
Gutierrez de Henestrosa compró
la casa en subasta por 33.438 reales, pero hubo de
hacerse cargó de todos sus débitos religiosos.
Además, se encontraba en estado tan ruinoso que
hubo que gastar más de lo que le había costado
– exactamente 45.555 reales – en repararla,
tanto de carpintería y albañilería como de
herrería y forja. Según el presupuesto desglosado
que se incluye en la documentación, el inmueble
conservado en al actualidad procedería de esta última
reparación, que en la descripción que se hace de
la finca coinciden muchas características aún
existentes.
Gutiérrez de Henestrosa llegó
a ser regidor municipal y en 1715 vendió la casa
extrajudicialmente a Juan José Endrinas, escribano
público de la ciudad, que la reservó para regalársela
cuando falleciese a su sobrino llamado también
Juan José Endrinas, con la condición de que estudiase para sacerdote. Así lo
hizo éste, y en 1791 heredó la casa por muerte de
su tío.
Sobre 1814 murió el clérigo
y dejó sus bienes a su sobrina María Dolores
Aguilar Endrinas, casada con Juan José Trillo y a
su “asistenta” Vicenta Mendigutia, “de estado
honesto”. Ya por esta fecha la casa aparece
numerada con el nº 333 por el azulejo municipal
correspondiente situado en su fachada.
Sobre 1824 parece que los González
Peña ya eran propietarios de la finca. Estos
fueron los padres del celebre Manuel González Ángel,
“genio mercantil” que fundó las célebres
bodegas “González Byass” de Jerez y que había
nacido en 1812 en una casa más modesta del actual
Carril de los Ángeles (allí se situó una placa
conmemorativa en 1933). Esta familia parece que
echa raíces en la casa y es de suponer que son los
ascendientes del célebre artillero González
Hontoria, nacido en la misma, según consta en la lápida
conmemorativa ubicada en la fachada y que inauguró
hace algunos años el alcalde Manuel Vital.
