La conquista ocurrió,
tal como ocurrió, dentro del
imperialismo del siglo XVI, donde los
conquistadores tuvieron licencias para
conquistar o "capitulaciones" por
parte del Emperador que, a su vez,
estaba justificado por el Papa
mediante Bulas, siempre que se llevara
a cabo la conversión pacífica de los
indios; al igual que las juntas de
teólogos que se reunieron para
dilucidar el asunto. Es cierto que el
emperador, en su paternalismo, quería
evitar la muerte innecesaria de indios
y la del emperador inca -por cierto,
Atahualpa era un usurpador del trono y
también tenía bajo su yugo a muchos
indios a través del terror y las
armas-, y solamente someterlo con el
fin de convertirlo, comerciar y
hacerlo vasallo. Por otra parte,
algunos religiosos fueron defensores
de los indios, figura ésta, la del
“protector
del indio”, que se llegó a
institucionalizar.
En la
colonización y comercio con América o
explotación, los máximos beneficiados
fueron el Estado o Monarquía, que
recaudaba impuestos tanto del botín de
la conquista como de los impuestos
directos que gravaban a indios y
españoles, como de los impuestos
indirectos sobre los productos.
Después del Estado, una minoría de
comerciantes españoles y extranjeros
fueron los que, en mayor medida,
sacaron provecho y, de rebote, el
resto de los españolitos peninsulares,
y minorías de ultramar.
Los
conquistadores dentro de una
mentalidad medieval, tras las penurias
pasadas, tanto en el viaje al nuevo
continente como ya en la exploración,
efectivamente, se caracterizaron por
su codicia y, ante la resistencia y
animadversión de los indígenas,
cambiaron su idea del “buen salvaje”
por la del “mal salvaje”, perdiendo
todos sus escrúpulos a la hora de
someter a los indígenas.
A partir
de aquí se fraguó la leyenda negra de
la conquista hispana de América,
promovida por los demás países
europeos, que no pudieron participar
en el imperialismo y comercio con
ultramar en el siglo XVI. Con la
independencia de las naciones
hispano-americana se retomó la leyenda
negra, como un argumento más de los
criollos o españoles americanos para
legitimar su revolución
independentista, sin que
por supuesto tuvieran ninguna
preocupación social por los indígenas.
En las nuevas naciones se sustituyeron
las minorías dominantes españolas por
las nuevas minorías criollas, quedando
el indígena en la misma situación que
estaba durante la colonización española.
Entrar
en el debate de la leyenda blanca o la
leyenda negra de la conquista y
colonización de América, en los
términos de buenos y malos, sería caer
en radicalismos que no conducen a
nada. No podemos comparar a Pizarro
con Hitler, pues en su época la
mentalidad humanista y su filosofía no
habían avanzado tanto, ni se había
interiorizado en las conciencias. Ni
siquiera con Napoleón, que aunque
quería llevar a Europa el liberalismo
con sus magníficos principios basados
en la Ilustración, lo hizo mediante la
invasión y bajo el yugo militar sin
respeto ni permiso de los países
ocupados.
No
podemos analizar la conquista con la
mentalidad infantil del pequeño que ve
una película de “indios” o del
“oeste”, bajo la perspectiva de la
bondad del blanco y la maldad del
indio, fruto de la historiografía
oficial occidental; ni viceversa. Hay
que tener en cuenta el punto de vista
del vencido y, mediante un proceso
hegeliano de tesis y antitesis, llegar
a una síntesis superadora, sin dejar
de hacer una revisión histórica para
extraer aquellos hechos que no se
deben repetir, y que desgraciadamente
se repiten actualmente de modo
encubierto (imperialismo económico) o
descarado, mediante las ocupaciones
ilegítimas de naciones o
intervencionismos armados en países
soberanos.
Debemos
tomar, por tanto, una actitud
conciliadora, donde se evite
magnificar la gesta conquistadora, y
serenar el sentimiento de amor-odio
reinante en la población
hispanoamericana, donde algunas de sus
naciones son de mayoría mestiza y
corren por sus venas sangre indígena y
sangre española. Igualmente sería
ridículo fustigarnos por las
atrocidades de la conquista; también
sería exagerado pedir perdón por ello
al modo papal. Hay que buscar lo que
nos une y no lo que nos separa. Y
contemplar a estas naciones como un
conjunto de hijos de una pareja
separada –evitando caer por supuesto
en un paternalismo almibarado-, en las
que ambos progenitores tuvieron
virtudes y defectos, para superar
complejos que eviten sufrimiento y
propiciar el crecimiento y la
conciliación tanto personal como
colectiva.
Realizar
una biografía de Pizarro –existen
muchísimas-, como esculpir su esfinge,
no ayuda nada a la conciliación de los
pueblos. Es preferible una visión
superadora y que se contemplen en
piedra a españoles, indios, mestizos,
negros; aquello que mejoró con el
encuentro de dos civilizaciones,
apoyada en un ciclo de conferencias
ofrecidas por especialistas con
distintas visiones, tanto de españoles
como de hispanoamericanos, mesas
redondas con diplomáticos…; y, si es
posible, mirando al futuro con
perspectivas de ayuda mutua o de ayuda
unilateral por parte de España en la
medida de sus posibilidades, que
también puede ser un modo tácito de
resarcir a aquellas naciones y
desagraviarlas del daño que pudimos
realizar.
Sevilla, abril de 2008
